Atención con la infodemia

Martín Vásquez Villanueva


Llevamos poco más de un año de vivir con el covid-19 y una de las cuestiones más complejas que hemos debido enfrentar es la avalancha de información que ha colmado nuestros días. Cifras y más cifras de personas que se contagian, de personas que enferman, de personas que mueren, síntomas y signos de la enfermedad, medidas de prevención, conocimientos cambiantes, decisiones controvertidas, opiniones discordantes sobre políticas públicas, experiencias de otros países, anécdotas de todo tipo, rumores, verdades y mentiras, fake news, y todo a una velocidad de vértigo en redes sociales, medios masivos de información, conversaciones virtuales. Una verdadera infodemia, como ha sido nombrada esta sobreabundancia de información.


La Organización Mundial de la Salud ha externado repetidamente su preocupación al respecto. “Es la primera pandemia de la historia —escribió en un comunicado con fecha de septiembre de 2020— en la que se emplean a gran escala la tecnología y las redes sociales para ayudar a las personas a mantenerse seguras, informadas, productivas y conectadas. Al mismo tiempo, la tecnología de la que dependemos para mantenernos conectados e informados permite y amplifica una infodemia que sigue minando la respuesta mundial y comprometiendo las medidas para controlar la pandemia.”


La amplia disponibilidad de tantos y tan variados canales de comunicación ha potenciado, efectivamente, esos dos polos de la información: su uso responsable, productivo y científicamente sustentado, y su manipulación perversa, interesada o simplemente ignorante. Es verdaderamente asombrosa la velocidad con que desde un principio se logró identificar y luego secuenciar genéticamente al agente causal de la novedosa enfermedad, y esto tuvo mucho que ver con la facilidad de compartir los conocimientos emergentes y los detalles tecnológicos, y es también asombrosa la manera en la que, al paralelo, se fueron diseminando dudas, temores infundados y falsedades que en unos casos entorpecieron la respuesta organizada contra la enfermedad y en otros fomentaron conductas absurdas y decididamente peligrosas, por ejemplo el uso terapéutico de la lejía.

La infodemia se ha recrudecido con la llegada de las vacunas y esto es hasta cierto punto comprensible. La necesidad de atacar de raíz y cuanto antes una enfermedad que no sólo está causando estragos en tantos países sino que tiene el potencial de descontrolarse y extender su sombra por mucho tiempo más, con variantes del virus que surgen aquí y allá cada día, ha motivado que los estudios se hayan hecho a marchas forzadas, que los permisos de utilización se estén dando en circunstancias extraordinarias y que la información entre de pronto en contradicciones. No es una sino varias vacunas, no es una sino varias las tecnologías involucradas en su desarrollo, no es uno sino varios países los que las están produciendo y son muchas la poblaciones en las que se están estudiando los resultados de su aplicación. El resultado es un conjunto tan grande de comunicados científicos, revisiones colegiadas, opiniones de expertos e informes de agencias gubernamentales y no gubernamentales, que va a tomar tiempo poder digerirlo todo, ordenar las conclusiones y simplificar el conocimiento para su mejor comprensión por todo el mundo.


Para hacer más complicado algo que de por sí lo es, a lo anterior se suma, desafortunadamente, la proliferación de fake news y la diseminación de prejuicios antivacuna que ponen en jaque la mejor herramienta que tenemos para abatir la transmisión del SARS-CoV2, que es la inmunización de por lo menos el 70% de la población.


Entre la información relevante que hay que procesar y la desinformación que hay que identificar y descartar, luego no es tan fácil orientarse. En una reunión oí a una persona decir que no pensaba aplicarse la vacuna y, más aún, que era un disidente de la vacunación. Me interesó saber cuál era el razonamiento que estaba detrás de esa decisión y lo que encontré es que no había ninguno. “No sé —me dijo—, es que se dicen tantas cosas.” Yo lo que le respondí es que no vacunarse quizá no le afectaba en lo personal, pero sí nos afectaba a todos colectivamente y que esa era una de las verdades de las que se tenía que hacer cargo.


Lo cierto es que la información incorrecta y la desinformación cuestan vidas; la información veraz, objetiva y confiable las salvan. Ante la infodemia lo que hay que hacer es ponderar la comunicación de buena fe y poner, como dice el dicho, “a palabras necias, oídos sordos”.


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