Covid-19: una experiencia personal - Martín Vásquez Villanueva @martinvasquezv


Martín Vásquez Villanueva - @martinvasquezv


Un día me topé de frente con la realidad incontestable de que tenía covid. Una persona con la que había estado trabajando cayó con un cuadro gripal y tuvo la precaución de hacerse la prueba. Cuando vio que había salido positivo tuvo la honestidad y la responsabilidad de hacer un recuento de todas las personas con las que había tenido contacto en los días previos, entre ellas yo, y nos llamó para avisarnos. A mí no se me había presentado hasta entonces ningún signo ni tenía ningún síntoma, pero sentí la obligación de hacerme la prueba de PCR, que es la más confiable porque detecta directamente el genoma viral en la muestra de exudado faríngeo. Salí positivo, pero, para excluir que se hubiera tratado de un falso positivo, que, aunque raramente, también se da, a los tres días me la volví a hacer. Y ya no hubo ninguna duda: me había infectado con el virus SARS-CoV-2.


Debo confesar que sí me pegó duro. Pensaba que a mis 56 años ya la había librado, ahora que vamos de salida de este mal, pero resultaba que no, que no me había salvado. Aunque ya tenía las dos dosis de la vacuna, no pude dejar de preocuparme. ¿Qué iba a ser de mí? Y, más importante, ¿qué iba a ser de mi familia si el cuadro se agravaba e, incluso, si llegaba a un desenlace fatal? Me confiné de inmediato en mi casa y las siguientes horas y días fue esperar con angustia la manifestación plena de la enfermedad, la fiebre, la tos, el dolor de cabeza. Y estar atento a la aparición de los síntomas más graves que me obligaran a ir al hospital: la falta de aire, el dolor en el pecho, la confusión.


Afortunadamente nada de esto ocurrió y cursé la enfermedad asintomático. Mi esposa y mi hija se hicieron la prueba y salieron negativas, gracias a Dios, y organizamos todo para que pudiera estar confinado en mi habitación durante las siguientes tres semanas, haciendo todo lo necesario para que ellas no se contagiaran. Y así fueron pasando los días, con los cuidados que me prodigaban, la alimentación, mis periódicos, mis libros.


Aunque casi no soy asiduo a ver series de televisión, en esta ocasión me aventé completa la que un amigo cercano me recomendó, La casa de papel, que la verdad me tuvo muy entretenido muchas horas.


Revisé los datos de covid que reportaron el sábado pasado los Servicios de Salud de Oaxaca, en la conciencia de que yo ya estaba ahí, como un dígito en la estadística. Los casos claramente van a la baja y solamente hay 289 casos activos, con 46 nuevos casos en 24 horas. Al momento actual hay 82,319 casos confirmados, 11,028 de ellos en el grupo de edad entre 50 y 59 años: uno de esos soy yo. Agradezco a la vida no ser, sin embargo, una de las 5,543 personas que han fallecido por covid hasta el momento. A sus familias el mejor de los recuerdos y el abrazo solidario por la ausencia de sus seres queridos.


En la estadística, ya soy uno de los recuperados. Lo que me ha quedado es una fatiga, un gran cansancio. Creo que he tenido que descansar lo que nunca en mi vida y eso es lo único que realmente me afectó. Bueno, y otra cosa, que en lo particular me ha asombrado y me ha impulsado a revisar la literatura mundial: se me han quitado las ganas de beber.


Antes me gustaba tomar una cerveza o un mezcal a la hora de la comida, un whisky por la noche o una copa de vino, y ahora ya no se me antoja nada de eso, a pesar de que nunca perdí ni el gusto ni el olfato.


Estar enfermo de la enfermedad de nuestros tiempos, que tantas vidas se ha llevado y que tanto nos ha quebrado nuestra vida económica y social, por supuesto me disparó una espiral de reflexiones profundas y a momentos oscuras. La fragilidad de la vida, la inminencia de la muerte, la banalidad de las ambiciones, la necesidad de los sueños y las ilusiones, la contundente importancia de la cotidianidad. Y, por encima de todo, el poder del amor.


Pienso que, aun siendo un caso leve y asintomático, no hubiera sido capaz de superar esta crisis sin los cuidados amorosos de mi familia. Recuerdo un día en que mi hijita me llevó los alimentos. Me los dejaban ahí afuera de mi puerta, en una mesita, y ese día oí sus pasos que se acercaban y luego su voz menuda: “Papá, la comida.” Sentí, no sé por qué, sin prueba de covid ni nada parecido, que ya estaba curado, que estaba de regreso.


No tengo más que palabras de agradecimiento y de amor para mi esposa, Nadia Henestrosa, y mi hija Martynita. Esa también es otra cara del covid, mi experiencia personal.


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