La salud mental de los menores - Martín Vásquez Villanueva @martinvasquezv


Martín Vásquez Villanueva @martinvasquez

 

Salvo que nos descuidemos y tengamos que volver a empezar, todo indica que la pandemia de covid-19 va de salida. Viene entonces la tarea de lidiar con las secuelas: la recuperación económica, la normalización de la vida social y, en lo individual, la restauración del ánimo y el equilibrio emocional.


En cuanto a este último punto, las medidas de distanciamiento social, la cancelación de reuniones, el cierre de los espacios públicos, la pérdida de las fuentes de ingreso, el largo confinamiento, el duelo por la pérdida de seres queridos, la incertidumbre acerca del futuro, la inseguridad y los temores más que fundados que se han instalado entre nosotros en esta difícil época, sin duda han tenido efectos importantes sobre el ánimo de las personas, encendiendo focos rojos sobre los trastornos de la salud mental.


Un grupo particularmente vulnerable son los menores de edad, sobre todo considerando que no han podido ir a la escuela, el espacio natural para que desarrollen sus destrezas interpersonales y sociales, y prueben, frente a sus pares, las fortalezas y debilidades de su personalidad y de su identidad individual. Colocados de golpe en una realidad distinta, niñas, niños y adolescentes de todas las edades han tenido que desplegar durante este último año diferentes mecanismos psicológicos de compensación y no hay familia en la cual no se hayan manifestado conflictos de convivencia y de relación.


No es fácil, tampoco, saber qué es lo que está pasando en el mundo interior de los menores. Por eso es bienvenido el estudio que en días recientes dio a conocer el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, UNICEF, en su capítulo argentino: “Estudio sobre los efectos en la salud mental de niñas, niños y adolescentes por Covid-19”. Se hicieron tres mediciones, entre septiembe de 2020 y febrero de 2021, en todas las regiones del país austral, con una metodología muy interesante que privilegió darle la palabra a los menores: “Se consultaron 780 niños, niñas y adolescentes a través de una metodología cualitativa y cuantitativa que articuló la recolección de información y producción de datos, junto a propuestas lúdicas que constituyeron, en sí mismas, actividades y prácticas que les permitieron elaborar la realidad y el contexto que estaban viviendo durante la pandemia.” Aunque se trata de otro país y por tanto de otras circunstancias de vida, vale la pena atender los resultados del estudio, como un espejo donde también se refleja lo que ha venido ocurriendo entre los menores oaxaqueños.


Se encontró que la mitad de las niñas y los niños se angustiaban más fácilmente o lloraban mucho, se enojaban más que antes, estaban irritables y tenían ansiedad y altibajos emocionales, manifestando también cambios o trastornos en la alimentación y el sueño. Previsiblemente, estas emociones se fueron incrementando o profundizando a medida que se prolongaba la pandemia.


“Entre las y los adolescentes —reporta el estudio— se observó una expresión mayor de malestar subjetivo que en las niñas y los niños. […] La reducción significativa de los intercambios con pares y otros referentes adultos no convivientes se expresó en altibajos emocionales, desgano, enojo, irritabilidad, angustia y resignación. También algunas y algunos mencionaron atravesar emociones de soledad, tristeza, ansiedad, miedo y presentar una mayor sensibilidad.” Cabe destacar que el 18% de los adolescentes estudiados, es decir casi uno de cada cinco, realizó una consulta por problemas de salud mental.


Un apartado particularmente interesante del estudio fue la valoración de lo que los investigadores denominaron “percepción de futuro”. En el caso de los niños de 3 a 12 años, la expectativa de futuro más importante fue la vuelta a la escuela, seguida por el regreso a los espacios públicos y la posibilidad de ir de vacaciones. En cuanto a los adolescentes, lo que se vio es que el principal efecto de la pandemia ha sido la frustración y el desaliento por los proyectos que han tenido que postergarse. En todos los grupos etarios se manifestó ansiedad por la duración incierta de la pandemia.


El estudio cubre muchos rubros, pero lo primordial es la constatación de que lo que hemos estado viviendo con nuestros menores es algo general que debemos afrontar como sociedad. ¿Cómo podemos apoyarlos? Apuntalar nuestros programas públicos de salud mental, fortalecer nuestras escuelas en esta nueva normalidad y, entre los familiares, tener comprensión, paciencia y respeto por las emociones a veces desbordadas y los vaivenes afectivos de nuestros hijos, y confianza en que estos sentimientos difíciles resultado de la pandemia pronto se remontarán.


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