<Los Gángsters del Futuro> de Rodrigo Islas Brito. (Capítulo 1) Gratis


CAPÍTULO I

Chendo vs Goliat.

La potencia. La decadencia. La hermandad.


–Te voy a cortar la cabeza y se la voy a ir a aventar a la jefa en su puerta, para que vea quién es el más chingón, el más pesado. Yo tengo el candado de la vida y también la puta llave –le dijo Lenin a su hermano el Negro con su dedo índice apuntando. Se lo dijo calmado, mirándolo a los ojos. El Negro creyó cada palabra antes de que su baby brother le soltara un putazo en la boca que lo proyectó al cemento. Rosendo entró al quite.

–¡Aguanta, verga. Es tu carnal, no te pases de lanza! –secreteó a gritos el Buen dealera Lenin en la oreja mientras lo ahorcaba por el cogote. Chendo le sacaba cinco centímetros. Aunado a su fuerza, que a veces se podía volver titánica, el Buen dealer tenía sometido al agresor de su socio con una llave turca que aprendió trabajando de mecánico en un taller cuando reprobó el segundo de secundaria y sus padres lo mandaron ahí para que aprendiera a valorar sus privilegios. Con cara perversa Chendo soltó al chavo unos segundos, tranquilo contempló como éste surtía a patadas al pobre Negro. A estas alturas Vladimir sólo se podía acordar de cuando él y su carnal más chico se ayudaban mutuamente a bajar plátanos, granadas y nísperos de los viveros de sus vecinos de la Colonia 5 de junio, allá en el pueblo natal de ambos, San Olegario Tlatoltepec, en la sierra oaxaqueña. Tierra del guerrillero y narco del pueblo Juan Gutiérrez Tonameca, desaparecido por el gobierno federal a principios de los ochentas.

Una vez que constató que el Negro ya estaba más noqueado que nostálgico, Rosendo volvió a ahorcar por atrás al Dinamita y entre pasitos de tap lo llevó al lavadero de la azotea del edificio donde los tres vivían. Lo dobló hacia adelante como si pareciera que se lo estaba cogiendo. “¡Los voy a matar!, ¡los voy a matar a todos!”, gritó Lenin con el cachete sobre las rayas del lavadero.

–¡No te pases de verga, respeta a tu carnal, gracias a él tienes un lugar donde dormir! ¡Te está haciendo el paro! Además ese mezcal ni era tuyo, no pusiste una mierda. Todavía que te estamos invitando –soltó con aplomo Rosendo, mientras le estrujaba el chorizo en las nalgas al carnal del Negro, quien desde el suelo sólo veía la escena con sus ojos de un oscuro azabache haciendo agua como limón de taquería. Quería a su carnal como a su vida pero Lenin ya hace un rato que había emprendido un viaje por los caminos del solvente, la mota, los hongos, el “demetrio” (ese que ayudó a reinventar), el mezcal (ese que se había tomado de tres sorbos sin dar siquiera pa’ la vaquera), y el creerse un verdadero hijo de puta cuando en un pasón de cristal se le apareció su padre muerto y le dijo que efectivamente eso era. Lenin tenía 19 años, desertó de la secundaria antes de haber entrado al salón el primer día de clases, apenas sabía escribir y de plano no sabía leer. No es que fuera tonto, es que el chico se descubrió disléxico desde los cuatro años. Una dislexia que sólo le detectaría un oculista en un penal de Miahuatlán, meses después de sucedidos los hechos que aquí se narran. El Dinamita en las fiestas, en las calles, se ponía aerosol en la manga de su suéter verde y lo olía. El suéter hacia mancuerna perfecta con su esquelética figura donde a últimas fechas uno ya no sabía dónde empezaba uno y terminaba el otro. Cuando el Buen dealer lo soltó, Lenin volteó a verlo, se quitó el suéter y le gritó que lo iba a cajuelear en cachitos. El Buen dealer lo prendió de un vergazo en la cara de manera tan amable que el chavo se sintió casi sobrio por media hora. Chendo aprovechó el momento, recogió el suéter de un zarpazo, lo hizo como un hilo y ahorcó a su oponente desde el esternón. El Negro apareció con una cuerda de domador de tigres a la que su amigo le notó algo extraño.

–¿Esa madre de dónde salió? –preguntó mariguanísimo el Buen dealer ,un poco coco apretando la quijada mientras Dinamita, desde su boca de pescado y sus ojos de miedo y rencor, bufaba como un león de serranía en arenas movedizas.

– Apúrate tú güey, y no sueltes a este cabrón.

El Negro se apresuró, ya había amarrado antes a su carnal y sabía por dónde sujetarlo. Lenin quedó hecho un nudo en minuto y medio al poste que estaba enyesado en el centro del patio de los tendederos. Seguía gritando eso de que se iban a morir todos. Aunque nadie interpretó aquello como un peligro en un monolito, tan duro y cadavérico, compuesto por tres columnas de doce departamentos escalonados con look de ruina cósmica y “hippiosamente” proletaria. Paredes con murales de símbolos y códices, como los de un águila cubista devorando a una serpiente naranja, o el del códice náhuatl como lamina ochentera. La puerta del baño del departamento que Chendo y el Negro compartían desde hace dos años y medio, era un esténcil de Coatlicue en gran formato. Fue obra del Gran Pantera más conocido por la banda como el Willy o el Rey mago. Su nombre era Baltazar Gaspar, el cual nunca usó, pues siempre se lo cotorreaban gacho. Así fue como se hizo madreador, rompiéndole la boca y los huesos a vatos que lo querían agarrar de guasa navideña. El dos veces bautizado santo rey se había madreado a meseros, policías, guardias de seguridad de antros, a poetas locos, castrosos y drogadictos, a su padre, a dos de sus carnales y hasta a sus propios clientes. Era un ojete que se había hecho a sí mismo. Aprendiendo lo que hubiera que aprender. También vendía mota, como el sesenta por ciento del legendario Edificio del Vicio, edificado en la calle Valentín Gurria del centro de una ciudad sin muchos nombres, por un agiotista mixteco bisnieto de hacendados que heredó los terrenos cuando desconectó a su señor padre. Willy era zocalo boy pero también era un poco güero. Sus ojos café esmeralda a veces podían parecer verdes, eso lo llevó de alguna manera a aprender un inglés básico con el que se trasladó en sus veintes, desde su natal y costero San Miguel Arcángel, hasta la glamurosa Venice Beach, distrito de Los Ángeles, California. Incluso en sus historias presumía de haberse comprado un convertible con los dólares que ganó lavando coches, pintando casas y haciendo chambitas para una asociación civil de protección de derechos de migrantes de la zona triqui del país al que pertenece Ciudad Dorada. Había vivido siete años de su vida en esa playa veneciana. En algún momento, decidió convertirse en vaquero mexicano de medianoche a la caza de gabachas solas o jubiladas y ocasionalmente de gringos viejos y borrachos: Un zocalo boy suelto en LA. Lo que se dice una especie de criatura, un Simbad el Madreador. Aunque nunca le pegó a las güeras, sólo a las paisanas y latinas migrantes, que querían con él y no sabían que con él era de cuadrarse a sus tiempos, sus ganas y sus necesidades. Sería denunciado por ocho diferentes mujeres en el Me Too, pero no en el Me Too para dealers, sino en el de artistas plásticos y visuales, aunque para cuando aquello sucedió Willy ya tenía por lo menos dos años de no haber vendido uno solo de sus grabados.

2

Su celular tenía el sonido de una épica medieval de video juego. Cada diez o quince minutos en los buenos días y cada cuatro horas en los malos. En esos días en los que el Negro se lo agandalló con una pequeña merca que lo tuvo vendiendo más cocos que mariguana durante seis meses. Eso ya se lo había perdonado al Negro, aunque de todas maneras le gustaba hacerlo sufrir. Fue un miércoles cuando Rosendo despertó gritando y también despertó a Julia, su novia de encontrémonos chido y nos vemos después. Ella tenía 25 años cumplidos cuando se convirtió en una guerrillera, Rosendo Villegas tenía 30. Lo suyo era intermitente.

–¡No soy un perro! –gritó Chendo con los ojos en el techo. Siempre había pensado que cuando una mujer te sonreía y en esa sonrisa aún podías encontrar su amor, era porque ella todavía no estaba consciente del nivel de tu desastre. Julia ya no le sonreía más así. Su media sonrisa de amor hoy también llevaba hartazgo. Ella no vivía en Ciudad Dorada, iba y venía de Pachuca, Hidalgo. Era pintora y tatuadora. Tan sólo en su piel vivían veinte dibujos que iban sobre aves, pavorreales, fetos, bicicletas y una luchadora indígena zapatista. Sus ojos violetas recordaban a un venado herido. En su familia de comerciantes, dueños de una pequeña cadena de mini súpers, siempre fue la oveja negra. Aunque fueron sus dos hermanas las que quedaron embarazadas antes de cumplir los 19 años, para los padres de Julia eso era más normal que andar siempre triste, pensativa y algo encabronada. Así se lo dijo su padre un día y a la tarde siguiente la chica, admiradora de los gatos y Van Gogh, consiguió un convenio de intercambio académico con una escuela pública de artes en Ciudad Dorada, que pichó su madre como una forma de echarle la mano a su hija incomprendida social. En su primer otoño en cielos azules y amarillos, y en consecuencia verdes, conoció a Rosendo Villegas. Estudiaba música, era un melómano consumado, pero nunca tuvo la concentración para verdaderamente tocar. Aunque mantenía una notoria sapiencia sobre el rock de los sesentas y setentas: Jessica, de los Allman Brothers, era con la que se despertaba, duraba ocho minutos. Yo nunca la oí completa. Chendo la digería y luego se ponía clásico: Eric Clapton bluseando Cocaine o Rush sombreando Here Again. Tenía su reproductor de acetatos que había adquirido en un viaje a Cuba, incluso había aceptado discos interesantes a cambio de su propia mercancía: Pink Floyd, Wish you were here, 1975, David Bowie, The Rise and Fall of Ziggy, 1972 o Guns N’Roses, Appetite for Destruction, 1987, el cual sólo ponía en los días en los que Julia vivía con él y se ponía a asar carnes que alimentaban a un regimiento entero en el edificio del monchis. Aunque a ella nunca le gustó del todo la profesión de Rosendo había algo en él. Tal vez era su manera tan solidaria de coger que la hacía sentir bien. Nunca pudo precisarlo, pero ahí estaba, con un tipo con gesto de atolondrado Mick Jagger que vendía mota, tachas, ácidos, cocaína y a veces DMT. Al “caballo” Chendo nunca le entró, porque eso entrañaba tratar con clientes que se pueden poner demasiado complicados. Además de que el Buen dealer nunca vendió una droga que no pudiera consumir. Era su propio tratado de ética y sobrevivencia.

La razón que lo había hecho gritar, casi al oído de su amante, fue el haberse soñado a él y al Negro mirando a la nada inertes sobre el camellón de tierra que divide los dos sentidos de la carretera que te saca de Ciudad Dorada. Los cubría una nieve que en realidad era cal. Los brazos los tenían engarrotados en rigor mortis y sus caras apenas se podían ver entre la escarcha de amoniaco. No había sangre alrededor y los automóviles, camiones y trailers pasaban raudos y ruidosos a los dos flancos como truenos pequeños. Chendo estaba sudando cuando abrió los ojos. Cuando su novia le preguntó qué pasaba, Villegas respondió que en su sueño atropellaban a un perro gris y lo dejaban muerto y sembrado en un óxido de calcio. Chendo quería protegerla de sí mismo, pero sabía que la paz no duraría. Que ella se volvería una furia apenas se diera cuenta que el baño más asqueroso de Escocia seguía ahí. El sanitario del Chendo y el Negro con su afluencia punch de enorme asquerosidad, que en algo lo acercaba a una letrina, y en donde es justo recordar, que en un ochenta por ciento cagaban y meaban hombres. Como aquel gringo boomer que trajo a Ciudad Dorada la alquimia exacta, extraída directamente d