Pongo en libertad mis canas


Texto: Silvia del Carmen Meléndez Vásquez // Pedagoga y docente


Hoy vienen imágenes de mis abuelos cuando era pequeñuela, recuerdo su andar al caminar escucharlos como arrastraban los pies por el cansancio de la vida y ese olor característico e inconfundible. El verlos me llenaba de ternura, sus cabecitas blancas como la espuma del mar esos ayeres que pensé que nunca me alcanzarían a mí.


Otra imagen que llega a mí en otro momento, cuando mi madre y padre por ocultar las canas nos decían que por cada cana eliminada de su cabeza la recompensa sería una moneda a cambio de la cana, la denominación de la moneda para este momento no cobra importancia, la importancia estriba en que mis padres para no llegar a ese momento de poner en libertad sus canas, lo cambiaban en forma de juego y vinculación con sus hijas, el intercambio, hermoso momento y reitero no son las monedas sino la risa y el vínculo con mis padres gracias a las canas.


Y llegó el momento en que mi padre decidió dejar en libertad sus canas y su imagen se reforzó como lo que era para mí, de confianza, seguridad, hombre de experiencia y el primer hombre que cautivo mi vida desde el día en que nací hasta el día de hoy reitera su amor por mí.


Mi madre, sin embargo, verse especialmente bien era orgullo de sí misma, siempre nos invitó a la belleza, a ser lindas amorosas que no había otra cosa que el amor en todos los sentidos. Ella eligió no poner en libertad sus canas, eso le hacía feliz, verse bonita bonita; principalmente para mi padre; porque ella siempre pensó en los demás antes que ella. Mi madre ponía atención en los detalles, siempre para todos, el más preciado y valioso detalle era su presencia física que no se asomaran sus canas; hasta el último suspiro de su vida.


Pues bien, yo traigo a mí la pregunta ¿qué me hace sentir especialmente bien? Aunque la respuesta que tenga no sea algo que coincida con los demás, ni lo que se supone que debería ser a mi edad, ´por los prototipos de belleza manejados en la actualidad, dentro de esa cultura encajar, pesa bastante.


Mi desafío está en que he elegido esa mezcla entre mi padre, mi madre y por ende soy una creación nueva, elijo poner en libertad mis canas como mi padre, sin dejar de ser todo lo demás que nos invitaba mi madre; a ser hermosas en todo el sentido amplio de la palabra. Encuentro ese desafío de mi propia medida, de cómo seguir vistiendo mi presencia ante todos, satisfacerme y finalmente al mundo.


Descubro que a medida que crece mi cabello, me coquetea la idea de teñirme el cabello, sin embargo pienso “¿por qué tapar una realidad inminente que ya está presente en mi aspecto físico?”, y nuevamente se asoman las preguntas a mi existencia ¿Debo presentar algo falso de mí? O ¿permitir la realidad de mi presencia?. Aunque la sociedad ejerce presión ante la eminente idea de teñirse el cabello; porque la belleza de las mujeres, por supuesto que somos más favorecidas cuando estamos teñidas.


Sin embargo permitamos y demos paso a nuestro paso del tiempo, reconozcamos en nosotros mismas que somos mujeres de experiencias y llenas de sabiduría. Dice Nuria Varela” disimular es fingir no tener lo que se tiene y simular es fingir tener lo que no se tiene” coincido con ella.


He decido DISFRUTAR lo que la vida me ha dado “mi pelo de verdad”, aunque con miedo de mi procedencia, pongo en una balanza mis emociones y lo hare, por mí. Considero que además del beneficio emocional, será de salud no le agregaré más químicos a mi salud, ahorraré dinero, y me veré una mujer joven con canas.