El Mercado de Pinotepa Nacional VS la presente globalización


-Sara Clavel, estudiante de derecho y activista juvenil. // saraclavelg@gmail.com


Mole en pasta, ciruela verde, chicatanas y baso costeño son algunos manjares que podemos encontrar en nuestro Pinotepa Nacional, pero no siempre fue así como la conocemos hoy, esta localidad es de antigua fundación, fue centro de los poderes coloniales, cabecera de distrito y de municipio a partir de la Independencia, en nuestra actualidad es una ciudad con 53,148 habitantes (SEDESOL, 2016); de las más pobladas a nivel regional, con más de una quinta parte de la población que se dice hablante de lengua indígena (censo 2000), nuestra ciudad fue construida bajo un modelo colonizador; integrado por el zócalo (comercio ambulante), la iglesia y el Palacio municipal, su distribución arquitectónica de forma indirecta demostraba las fuertes relaciones entre la iglesia y el Estado, siendo el centro de Pinotepa Nacional la sede oficial del poderío religioso y político. Así mismo las casas del centro de teja y corredor. Hablar de Pinotepa es regresar a las tradiciones de una población originaria que se niega a ser olvidada por lo estragos de la tan controvertida “globalización” las familias de la costa Oaxaqueña, somos que día con día hacemos los esfuerzos de perpetuar nuestras tradiciones; desde acudir a la misa de 10 de la mañana, para posteriormente acudir al desayuno básico en el “Pedro Rodríguez”, ingresar por la parte posterior y llegar al área de tianguis para poder encontrarnos con las tradicionales vendedoras de memelas de manteca, entre masa de maíz criollo y manteca natural de cerdo fácil de encontrar en el tan conocido local de “la tía Gloria”, adentrándonos un poco más en estos pasillos de olores y colores podremos encontrar el aquel manjar de baso costeño a un costado del popular local de las hermanas Nicio que entre el calor del comal y el nixtamal surgen aquellas tortillas a mano que serán la perfecta compañía de nuestro baso costeño y un buen café de mazorquita, elaborado en los fogones de las cocinas tradicionales que aún conserva el Mercado.


Vivir este mercado es conocer parte de la cultura que nuestro pueblo alberga, un mercado materializa el intercambio no solo de productos si no de costumbres y tradiciones que poseemos las personas, en este lugar dan cita cientos de Pinotepenses, así como de sus respectivas agencias; la arquitectura debe ser la herramienta satisfaga y permita seguir con este modelo de comercio, tomando en cuenta a las y los comerciantes que en el interactúan, un espacio que no solo sea funcional con cajones para la venta de productos, sino un espacio que refleje nuestra milenaria herencia cultural que las comunidades indígenas, afros mexicanos y mestizos han cuidado y enseñado.


La lucha de las mujeres mujeres afro mexicanas por un espacio en este Mercado fue constante y admirable, cuyos logros fueron visibles de forma paulatina, inicialmente unas cuantas podían vender pescado, posteriormente ante la mayor demanda fueron otorgados más espacios para que otras mujeres que por lo regular son madres solteras con necesidad laboral.


Ante la presente llegada de cadenas comerciales donde estas ofrecer mariscos, me surge la siguiente interrogante ¿qué pasará con las pocas mujeres que saben orear pescado, cortarlo y limpiarlo, ante el bajo consumo de la ciudadania en mercado municipal? ¿qué pasa con las familias que viven de sus locales? ¿cómo se las han arreglado para mantener su estructura en pie?, lo único que pasa por mi mente es la utilización una vez más de la practicidad y creatividad ante la necesidad, para poder hacerse de un patrimonio tangible que se espera siga existiendo.


Esta serie de cuestionamientos dan paso que quienes tenemos la oportunidad de leer, vivir, conocer o experimentar seamos quienes debemos desarrollar propuestas en favor de personas que han hecho del comercio su vida, quienes abastecen los alimentos de nuestros hogares, quienes diariamente reactivan una economía que cada vez va más en picada.


Al recorrer los pasillos pocas veces reflexionamos sobre aquella labor titánica que realizan esos ancianos y ancianas para sembrar ejote, calabaza, maíz, frijol y papaya, recolectando cajas y cajas de mango, limón y nanche, o el hecho de asegurar un medio de transporte para llegar hasta el mercado y poder venderlos, cuando muchas veces estos indígenas que con su pozahuanco de telar de cintura entintado con caracol de mar y servilleta que cubre sus pechos; al no saber hablar español, se encuentran en desventaja de aquellos astutos compradores que harán todo lo posible para regatear el trabajo de los adultos mayores pertenecientes a la comunidad indigena, o bien simplemente ignorados por desconocer “nuestra lengua”. Una verdadera tristeza que aparentemente sean ellos y ellas quienes tienen la culpa por no saber hablar español, cuando somos nosotros quienes deberíamos interesarnos en hablar Mixteco; nuestro origen y herencia, el legado de una civilización milenaria, que en un arrebato de conquista se nos fue arrebatada.


Y si por fortuna logran concretar una venta, esta fue desarrollada por un lenguaje de señas, o con la ayuda de una persona que pasa por el lugar y conoce de la lengua, y funge como traductor para que el indígena pueda vender su producto y llevar algunos pesos a su hogar, es indignante el ser testigo de esta lucha entre lo que está latente a desaparecer y lo que quiere que desaparezca para hacer un sistema de intercambio más justo para todos y todas, aunque esto implique en la desaparición de toda una etnia, ante esta problemática social, debemos ser conscientes de la interrelación de múltiples niveles de injusticia social, ante el olvido de las autoridades por tomar acciones afirmativas y que estas sean las generen un plano de igualdad, debemos ser la sociedad civil organizada las que generen conciencia y comencemos a preservar nuestra cultura.

El crecimiento de Pinotepa Nacional en gran medida se debe al mercado municipal, ante las actividades de comerciales como agencias de vehículos, tiendas de construcción, almacenes, ferreteras, hoteles, restaurantes, la central camionera, entre otros equipamientos que siguen con la actividad.


No olvidemos que la memoria de nuestros abuelos y abuelas yacen en ese mercado, de quienes lo vivimos y lo formamos, no dejemos morir los domingo de compra en familia y el recorrido por sus pasillos admirando la fruta fresca que te hace imaginar lo que llevaras durante la semana, este mercado permite un encuentro pluricultural en el que las mujeres afromexicanas conviven con las indígenas y te hace reflexionar sobre la importancia que tienen ellos y ellas en la mesa de nuestras familias ¿realmente somos lo suficientemente agradecidos con aquellas manos que surten nuestras despensas?. Qué sería de nuestra Pinotepa sin esas manos que cultivan el chepil fresco o hierva mora para comer en caldo y tortillas de mano. No solo se ven amenazadas nuestras tradiciones que hoy tienen que competir con un mundo globalizado, si no el patrimonio de cientos de costeñas y costeñas cuyo sustento de sus familias depende de la venta del día.



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