Que la guerra no nos sea indiferente - Martín Vásquez Villanueva @martinvasquezv


Justo cuando el mundo veía otra vez con optimismo el futuro por el final de la pandemia, vientos de guerra comenzaron a soplar en el continente europeo. Entiendo que los factores que están detrás de la invasión rusa de Ucrania son altamente complejos, que llevan años acumulándose y que son multifacéticos, pero es imperativo que se encuentre una solución pacífica de manera inmediata, antes de que el conflicto escale a niveles que nadie quiere imaginar.


Rusia acumula tropas, despliega armamento convencional y pone en alerta a su arsenal nuclear; Ucrania arma a la población civil y llama a defender el territorio cueste lo que cueste; Estados Unidos y otros países de la OTAN, como Alemania y Francia, envían armamento al campo de batalla; las propagandas y los puntos de vista luchan encarnizadamente en las organizaciones multilaterales, los medios y las redes sociales. El Presidente Joseph Biden pintó claramente el panorama: “Tenemos dos opciones. Empezar una tercera guerra mundial, iniciar una guerra contra Rusia, de hecho, o, segundo, garantizar que un país que actúa hasta tal punto en contradicción con la ley internacional pague un precio por hacerlo.” ¿Tercera guerra mundial?


Rusia y Ucrania parece que están muy lejos de Oaxaca y es verdad que lo están, tanto geográfica como histórica y culturalmente. A lo mejor uno tiene alguna idea de cómo han cambiado las fronteras de esa región en los últimos dos siglos, por decir, cuando fueron trazadas y vueltas a trazar sucesivamente por el Imperio Ruso, el Imperio Austrohúngaro y la Unión Soviética, pero es difícil comprender todos los resortes de una historia cruzada por luchas de independencia, alianzas escandalosas, persecuciones étnicas, hambrunas genocidas, inviernos impensables. Sí, aquella región del mundo nos queda lejos, sin duda, pero el conflicto bélico que está escalando ahí ahora mismo nos puede tocar en cualquier momento, desde una súbita inflación ocasionada por el aumento en los precios del petróleo y la devaluación del peso, hasta los estragos de una hecatombe mundial forzosamente nuclear.


Lo primero que me vino a la mente en estos días fue aquella canción del cantautor argentino León Gieco, Sólo le pido a Dios, que tan famosa hizo Mercedes Sosa y que ha cantado todo mundo, incluyendo a Shakira, Joan Manuel Serrat y hasta Bruce Springsteen. “Sólo le pido a Dios / que la guerra no me sea indiferente. / Es un monstruo grande y pisa fuerte / toda la pobre inocencia de la gente.”


No puedo ser indiferente a la invasión de un país soberano por otro país que se arroga porque sí el derecho a hacerlo. No puedo ser indiferente a la muerte de civiles, pero tampoco a la de tantos jóvenes soldados. No puedo ser indiferente al miedo y la angustia de las multitudes que se agolpan en las estaciones de metro para protegerse de las bombas. No puedo ser indiferente a la desesperación de las legiones de refugiados que intentan cruzar fronteras para escapar de una muerte anunciada. No puedo ser indiferente al dolor de todo un pueblo y a la pobre inocencia de la gente.


Si la paz es el fin necesario, tampoco puedo ser indiferente a las razones esgrimidas para invadir, por más que no estuviera de acuerdo con ellas. No puedo ser indiferente a las causas de fondo que condicionan el conflicto, por más que me cueste aceptarlas. No puedo ser indiferente a los reclamos geopolíticos, por más que me resulten injustos o excesivos. Siempre hay un punto de contacto, siempre pueden establecerse zonas de acuerdo y negociación.


Sólo le pido a Dios que la guerra no les sea indiferente a los líderes del mundo y que entren en razón antes de que sea demasiado tarde: la paz es la única opción admisible.